El río Níger es el tercer río africano -el principal de África Occidental-, sólo superado por el Nilo y el Congo. Nace en Guinea Conakry, atravesando Malí, Níger, Benín y Nigeria, donde desemboca formando el gran Delta del Níger en el Golfo de Guinea.
Río por el que navegó en el siglo XIV Ibn Batuta, creyendo que era el Nilo. Y el explorador Mungo Park, a finales del siglo XVIII, para descubrir su curso. Un río lleno de historia. Es el mismo por el que navegaremos en una gran pinaza, durante los próximos tres días; la distancia que separa Tombuctú de Mopti.
Hacemos una corta parada en Dire para comprar provisiones y continuamos navegando. A las seis de la tarde ya es oscuro y varan la pinaza en una islita de arena fina y blanca. En un momento están levantadas las tiendas en las que dormiremos. Cenamos a la luz de las estrellas, admirando el rastro de la Vía Láctea y nos acostamos muy pronto. Mañana empezaremos a navegar al amanecer.
Navegamos hacia Niafunké, ciudad natal del cantante Alí Farka Touré, primer intérprete de blues africano que logró una popularidad masiva en su continente natal y en occidente. En 2004 lo nombraron alcalde y dejó un buen rastro de su presencia: instaló bombas de agua para favorecer el riego en los campos de cultivo y construyó un centro cultural, con salas para exposiciones y conciertos.
Los niños corren alegres a recibirnos al grito de ¡tubabu, tubabu!, y un grupito me rodea. Todos quieren hacer la ruta cogidos a mis manos: en un momento cuento tres niños, a cada lado, cogidos de mis dedos.
Visitamos juntos la ciudad y nos acompañan hasta que volvemos a embarcar. Mientras nos alejamos del poblado, ellos van corriendo por la orilla agitando su mano en señal de despedida.
El paisaje que se ofrece a ambas orillas del río es espectacular: se ve desde zonas desérticas a intensivos cultivos de arroz. Algunos poblados, como no poseen métodos mecánicos para llevar el agua hasta los campos de cultivo, sus habitantes han de dedicarse a la pesca.
Una vez visitado el poblado de Youvarou, entramos en aguas del Lago Débo, que nos ofrece unas bellísimas imágenes de postal: poblados aislados y abandonados, por la crecida del agua del lago, se reflejan en él como si de un espejo se tratara.
Hemos visto pinazas que transportan mercancías y pasajeros -tan cargadas- que se diría que les entraba agua por la borda.
Una nube de mosquitos nos recibe cuando atracamos en una pequeña playa, para levantar las tiendas. A mitad de la noche unas gotas de agua caen sobre mi cara y hacen que me despierte: la humedad exterior se va filtrando por las paredes de la tienda; ¡a ninguno se nos ha ocurrido poner el doble techo!
Estamos ya cerca de Mopti, pero antes atracamos en un pueblito llamado Kora. Éste está dividido en dos: unas cuantas casas en la ribera del río y el resto -con una bella mezquita de colores-, separado por un ancho lago formado por las fuertes lluvias que cayeron entre septiembre y principios de octubre. Hay zonas en las que se puede cruzar a pie, con el agua hasta la rodilla y otras más profundas, donde utilizan una piragua.
El tiempo se vive de una manera muy distinta en África y una delgada línea separa la vida de la muerte. El río Níger sigue su curso, todavía lento, repetido cada año; nunca se seca. Sus aguas han levantado pueblos, culturas e imperios que durante siglos vivieron completamente al margen del hombre blanco. Países, gobiernos, petroleras e intereses comerciales han alterado el equilibrio de la zona. Aun así, el Níger resiste dibujando uno de los escenarios más fascinantes y hermosos de la geografía africana.
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